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Mar del Plata: la Casa del Puente

18 noviembre, 2010

Mar del Plata: la Casa del Puente

Obra trascendete

Amancio Williams, un arquitecto extraordinario libre de modas e influencias, dueño de una gran personalidad, con una filosofía propia.

Creyó siempre en la integración de la estructura y la arquitectura, sencillez y elegancia. Fue un pionero de gran creatividad en el diseño constructivo, autor de proyectos excepcionales que, por diversas circunstancias, se concretaron muy pocos.

La Casa del Puente (1943/45) es un icono de nuestra arquitectura, es una forma en el espacio que no anula la naturaleza. Su diseño es en su totalidad su estructura de hormigón martelinado a la vista, tratado químicamente.

Es obligación de todos colaborar para impedir su venta, restaurarla y cuidarla. Constituye un ejemplo de arquitectura clara, simple, eficiente y equilibrada.

Por José A. Urgell
Especial para LA NACION

La arquitectura se ha definido como el arte del espacio. Es el arte de las formas, la luz y el color, que trasciende en lo espiritual, lo social y lo político. Es de las artes que ha materializado el pensamiento del hombre a través de toda nuestra civilización.

La arquitectura que desarrolla una comunidad es un bien común y hace a su cultura. Y justamente es lo que vamos a defender al propiciar que se ponga en valor la Casa del Arroyo, o del Puente, que Amancio Williams realizara para su padre, entre 1943 y 1945. Amancio Williams fue un estudioso e investigador incansable, que le proporcionó, en consecuencia, una prolífera inspiración, sobre todo en la relación forma-estructura.

Su compromiso con la relación de la obra con su entorno, que consigue por su forma, resulta de una liviandad que libera el suelo en su totalidad. Esta obra se encaró como una forma en el espacio, que respeta en un todo la naturaleza y conjuga el primer intento de unir la “forma con la estructura” o la “estructura con la forma”, lo que resulta el primer intento de una estructura tridimensional. Influido por las ideas de Le Corbusier, con el cual intercambió ideas y opiniones, resuelve con la liviandad que se aprecia en su obra, una solución aún más avanzada. Se lo ha llamado “poeta de las formas”, que concibe al expresar sus estructuras en el espacio, que apuntan principalmente a proponer un pensamiento revolucionario.

Su obra como arquitecto y su acción como difusor de sus ideas luchó por poner en valor la plástica contemporánea. Su esfuerzo fue permanentemente dirigido a derivar las conquistas de la ciencia en su aplicación al bien del hombre.

Volvemos a decir lo que expresamos al principio, la arquitectura, sobre todo de esas obras de excelencia, son hechos de cultura que con su apreciación mide la cultura de su gente. Y, sobre todo, de aquellos que tienen la responsabilidad de conservarla y acrecentarla.

Son ejemplos arquitectónicos que no sólo resultan un objeto bello, sino que son el resultado de las ideas de quien por su talento ha trascendido nuestras fronteras, lo que nos debe enorgullecer no sólo a los arquitectos, sino a todos aquellos que valoran el arte como un patrimonio que les es propio. La Casa del Puente es una obra paradigmática y que figura, quizá la única argentina, en todo los libros de arquitectura moderna en el mundo.

Por todo lo expuesto, poner en valor la Casa del Puente no es sólo valorizar una obra de arquitectura de excelencia, sino un homenaje al pensamiento y labor de un hombre comprometido con su tiempo, resaltando su vocación inquebrantable de luchar por los principios que sustentaba y que han trascendido, marcando un camino en obras de alto nivel que enriquecen los valores culturales de toda la sociedad.

Por Antonio Antonini
Especial para LA NACION

Me piden desde el suplemento de Arquitectura de LA NACION comentarios sobre la casa del Arroyo de Amancio Williams, lo que me tienta a hacer una digresión; fui estudiante de arquitectura desde 1954, y arquitecto a partir de 1960; con Amancio W., salvo por algunas conferencias donde se exponían sus obras, no alcancé a formalizar una relación posible ya que murió hace 17 años; pero su arquitectura me fue siempre conocida, estudiada y de constante inspiración. Me he preguntado siempre si la arquitectura es sólo la obra construida o también las ideas proyectadas, dibujadas, que por causas ajenas no terminan en la contingencia de los materiales; esto me hace recordar con cierto consuelo a Leonardo cuando ante su Cena escribe: “Las mentes de los hombres de elevado genio están más activas en invención cuando realizan labor mínimamente externa”. Amancio construyó poco, pero ideó e inventó mucho. Su legado hoy trasciende la operación de construir, porque sus dibujos, sus planos describen con inusitada precisión la forma de hacer Ahora la casa: la vi ya en estado de abandono, debido a la incuria de privados e instituciones públicas. No obstante y para ser coherente con lo escrito en el párrafo anterior vi lo que ha sido dicho de esta casa, la casi atectónica suspensión de su volumen, puro, transparente al paisaje, por sobre el corte del terreno, transversal al curso de agua y ligeramente apoyado en las dos márgenes por una lámina curva que sostiene la losa -piso, con un “vuelo” que recuerda recursos vistos-, donde los materiales, hormigón armado martelinado, aceros, placas de madera, cristales obedecen dócilmente la obsesiva decisión del arquitecto para concretar esa respetuosa coexistencia del “artefacto” con la naturaleza. El magnífico libro de sus obras realizado por sus hijos y colaboradores, de consulta frecuente, me ayuda a entender la búsqueda de la esencia que debe regir la producción en la arquitectura.

Por Clorindo Testa
Especial para LA NACION

En 1958 estábamos en Mar del Plata Odilia Suárez, E. Sarrahil, Manolo Paz, Paco García Vázquez y yo desarrollando un esquema de plan regulador para la ciudad. Una tarde fuimos a visitar la casa de Amancio Williams. Las dos tías que vivían al lado nos acompañaron en todo el recorrido. Todo estaba en perfecto orden. Las fotos coincidían con la ubicación de las sillas.

Los cacharros en la mesa eran los mismos, el piano y las vistas del paisaje a lo largo de la ventana que abarcaba todo el verde eran extraordinarias.

Terminando la visita bajamos todos, las tías también, y en un momento nos encontramos en el toilette que estaba al pie de la escalera-puente.

Estábamos todos adentro y no sé por qué uno de nosotros apretó el botón de la descarga. La descarga empezó a funcionar. Se vaciaba y se volvía a llenar, empezaba de nuevo, y los puñetazos que le pegábamos a la tapa eran inútiles. Al cabo de un cuarto de hora nos disculpamos y saludamos diciendo que lo sentíamos mucho, pero que nos teníamos que ir. Nos fuimos.

Link permanente: http://www.lanacion.com.ar/883335

Por Mario R. Alvarez
Especial para LA NACION
Fuente: buythebook
http://www.skyscrapercity.com

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4 comentarios leave one →
  1. 18 noviembre, 2010 19:55

    Una obra de arte como esa esta en ese deplorable estado?
    Con todos los vidrios rotos y abondonada?
    Que esto La Habana 2010?
    Por Favor!!!
    Ponganse YA las pilas para arreglar eso!!!
    No les da verguenza???

    • Luna permalink
      19 noviembre, 2010 2:12

      No es la Habana…. veremos si recuperamos este patrimonio 🙂

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