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Lobos Marinos acosados…

1 julio, 2010

Lobos marinos de Mar del Plata son acosados por contaminación
Una investigación detectó también severas inmunodeficiencias en delfines
Fuente: La Capital
Sábado 11 de octubre de 1997

Alarmantes conclusiones arrojó un estudio realizado por científicos del Laboratorio de Mamíferos Marinos del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia y del Departamento de Biología Ambiental de la Universidad de Siena, Italia, que investigaron los efectos de la contaminación sobre 84 lobos marinos de la lobería del puerto de Mar del Plata.

De acuerdo con los resultados del trabajo, los animales están tan agredidos por elementos como petróleo y metales pesados que tienen alterado el ADN, la estructura que contiene toda su información genética.

Los científicos argentinos e italianos, con subsidio de la Unión Europea, hallaron alteraciones e infecciones de piel, conjuntivitis, rinitis y manchones de alopecía (caída del pelo) entre los lobos de Mar del Plata. La doctora Marcela Junín, médica gastroenteróloga, docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires e integrante del mencionado laboratorio, formó parte del equipo científico italoargentino y explicó a La Nación que el daño genético hallado en estos lobos podría transmitirse a sus descendientes, con posibilidad de todo tipo de mutaciones.

Pero los investigadores argentinos, por otra parte, estudian también los efectos de la contaminación sobre delfines costeros del Atlántico, desde Recife (Brasil) hasta Punta Bermeja, 60 kilómetros al sur de Viedma.

Si bien la información obtenida hasta ahora evidencia una mejor situación que la que padecen los cetáceos de los mares del hemisferio norte, existe ya un nivel de agresión sobre los animales locales que, de no detenerse, promete en el término de alrededor de una década cetáceos con altísimo grado de contaminación. El problema no es menor, si se tiene en cuenta que puede preverse un daño similar en otros seres vivos. Por ejemplo, los humanos.
Agresores silenciados

La doctora Marcela Junín explica que desde hace 10 años realizan necropsias, es decir, el análisis de ejemplares muertos tras haber varado en las playas.

Buscan huellas de contaminantes: metales pesados (mercurio, cadmio y plomo), del conocido plaguicida DDT (prohibido, pero que según la doctora Junín sigue utilizándose), de una sustancia considerada la más tóxica que se conoce, llamada dioxina (generada al quemar plásticos), y de PCB, bifenilos policlorados, presentes en todo tipo de plásticos, líquidos de frenos, aires acondicionados, freezers y heladeras.

Todas las sustancias mencionadas tienen reconocidos efectos cancerígenos e impactan sobre distintos sistemas: neurológico, reproductivo, hepático, renal, respiratorio.

Los científicos argentinos eligieron a los delfines como indicadores de los niveles de contaminación porque estos animales tienen mucha grasa y los contaminantes son liposolubles y lipotrópicos. Es decir, se acumulan y guardan en las grasas. ¿Cómo llegan los contaminantes a los delfines? Por empezar, las sustancias pasan de la atmósfera al agua, en donde se sumergen hasta alcanzar al sedimento marino. Allí, son ingeridas por los peces que constituyen el manjar cotidiano de los delfines.

Por medio de esta larga y compleja cadena alimentaria, sin embargo, los contaminantes no se pierden. Mientras que el DDT y los PCB se biomagnifican -es decir, van aumentando su concentración-, los metales pesados se bioacumulan: no se incrementan, pero no se van.
Tres graves epizootias

Según el relato de la investigadora, entre 1989 y 1991 murieron 10.000 delfines en el mar Mediterráneo; en la costa este de Estados Unidos, 2000, y en la región de San Lorenzo, de Canadá, 4500.

“El caso más dramático fue el canadiense. A través de necropsias de estos delfines blancos, o belugas, se detectó que tenían cánceres de todo tipo: vejiga, cerebro, riñón, estómago, útero”, reveló.

Explicó que “se hipotetizó una relación entre los contaminantes que arrojaban al golfo distintas industrias, incluida una planta de aluminio. Durante algún tiempo el problema fue silenciado, pero más tarde el gobierno de Quebec ordenó un relevamiento sanitario entre los pobladores de la misma zona y comprobaron que tenían la peor salud de toda Canadá: casi una década antes, estos delfines estaban avisando que algo pasaba en el medio ambiente y que tenía serio impacto sobre los organismos vivos”.
Deficiencia inmunológica

La doctora Junín agregó que los contaminantes ingeridos por los cetáceos a través de los peces se guardan habitualmente en la grasa de los animales, pero que cuando éstos no encuentran alimento suficiente deben utilizar sus propias reservas.

Es el momento en que las agresivas sustancias pasan a la sangre. Las consecuencias no se hacen esperar: trastornos reproductivos, del sistema nervioso y del aparato inmunológico. Estos últimos, tan severos que llegan a producir un síndrome de inmunodeficiencia mortal, como el ocurrido entre delfines en la costa este de Estados Unidos.

Los investigadores buscan mayores recursos para continuar con su tarea a lo largo de toda la costa argentina: interesan los animales costeros y no los de alta mar, porque son los primeros los que reciben la contaminación.

Los peces que come el delfín costero son los mismos que se obtienen por la pesca deportiva y la venta de productos directa o pesca artesanal. “El pescado que comemos nosotros -aclaró la doctora Junín- es de mar abierto y no tiene alto riesgo de contaminación. Sin embargo, no es posible asegurar que no tenga sustancias tóxicas, ya que el único producto donde se analizan concentraciones de DDT y PCB es aquel que se exporta. Del resto, no se sabe cuánto tienen”.

Para la doctora Junín, más allá de que nuestro país no sea exactamente un ejemplo de alto consumo de pescado, como sí ocurre en Canadá o Europa, el monitoreo de los niveles de contaminación de los cetáceos locales merece atención. “No debemos descuidar la situación del mar argentino -concluye-, porque en un futuro próximo la base de la alimentación proteica de todo el planeta dependerá de los océanos”.

Gabriela Navarra

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