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Crónicas de Mar del Plata en una Caras y Caretas de 1930

8 mayo, 2010
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Crónicas de Mar del Plata en una Caras y Caretas de 1930

Sorprende leer la revista “Caras y Caretas” editada el 15 de marzo de 1930 -más de 80 años-, edición que incluye numerosos artículos sobre Mar del Plata. Como muestra, una serie de tres artículos que, de alguna forma, pintan
la realidad de aquella Mar del Plata, en algunos aspectos, no muy distinta a la actual. Vale disfrutarlo


Un peligro

No ha pensado usted -me dice un caballero- en el grave peligro que corremos todos los veraneantes?
Ignoro a qué peligro se refiere mi amigo ¿El peligro del mar? ¿El peligro del amor?
_ No haga usted bromas -me contesta muy hosco el caballero- Hablo del peligro que caería sobre los veraneantes marplatenses la noche en que a los señores delincuentes se les ocurriera el lujo de asaltar nuestras casas. Con cien pícaros bien organizados, todos los millones de pesos en dinero y en joyas que guardan las familias pasarían a manos pecadores.
Yo sonrío.
_ No sonría, señor. Mi hipótesis quizás esté a la altura de las de Julio Verne. Julio Verne soñó realidades futuras…Mar del Plata es una población que no está preparada para defender la hacienda o la existencia de los setenta mil bañistas que hoy viven en ella. La policía actual, que es muy buena, podrá ser suficiente en invierno cuando no hay veraneantes, es bastante ahora en que nada sucede, pero ¿qué harían cien vigilantes si una turba de facinerosos resolviera una noche saquear los cinco mil palacetes de nuestros millonarios? Tenga usted en cuenta que los chalets de la Loma están aislados, fuera del radio central de toda vigilancia. Las verjas de las casas son bajísimas. Un salto y nada más. Empero, dentro de esos chalets se guardan fortunas en alhajas, expuestas a la tentación de los bandidos. Por la mañana, mientras los amos duermen, las casas quedan solas. La servidumbre se dispersa. Los sirvientes van a hacer las compras o a bañarse en las playas aprovechando la soledad del mar. Así, dejan confiada la vida de sus señores a la frágil defensa de las cerraduras.
En realidad, la hipótesis de mi amigo es un poco fantástica. Los pillos no son inteligentes. Además, no estamos en China…
Esto no obsta para que muchas familias se preocupen y tiemblen ante un posible ataque de ladrones. Durante la última tormenta, se apagaron en la Rambla Bristol los focos eléctricos. Tres ladroncitos elegantes fueron sorprendidos robando carteras.
Algunas personas han solicitado del gobierno nacional el envío de un regimiento en salvaguardia de sus intereses. Otro veraneantes, más pesimistas, han comprado perros de razas finas, perros capaces de poner miedo en el alma del propio Alí Babá.
_ Los perros no sirven ya como guardianes -insiste mi amigo- Así como la cultura excesiva hace olvidar a muchas personas sus nobles sentimientos humanos, la civilización altera las leyes biológicas de los pobres perritos. Recuerde usted lo sucedido al hijo de nuestro caballeresco doctor Carlos Delcasse. Compró un perro fino, feroz, horrible, diabólico. Era un “bull dog” tremendo, furibundo, de belfo compadrón, insolente que a cada instante, mostraba los dientes, decidido a tragarse por día dos o tres niños crudos. Su dueño lo paseaba en la Rambla con cadena, para evitar una catástrofe. El perro cinchaba con una fuerza hercúlea. Nunca ladraba, lo que era una excelente garantía de su ferocidad, puesto que según el aforismo de nuestros abuelos “perro que ladra, no….”
_ Este perro -pensaba la gente- debe ser una fiera.
En efecto. Era una fiera,sí. Cierta noche se oyó en el fondo de la casa ruido de ladrones. Mientras los niños daban alaridos de espanto, el perro feroz escondióse debajo de una cama, mostrando los colmillos y llorando con pequeños ladridos tan armoniosos que parecían gorjeos. Aquel perro había sido comprado en una pajarería del Mercado del Plata. Nacido y criado dentro de un jaulón, entre canarios y zorzales, la educación del ambiente le hizo olvidar, sin duda, que era perro…
Yo me imagino oír al furioso “bull dog” ladrando a los ladrones:
_ ¡Pi, pi! ¡Pi, pi!

El desnudo artístico

Algunas personas bien intencionadas se quejan de lo que ellas llaman “el desnudo en las playas”. Si se refieren a las playas de Mar del Plata, de Miramar, de Necochea, juro que se equivocan. No he visto a través de mis paseos por estas tres playas nada que la moral más rígida pudiera considerar innoble, vale decir, impuro. Naturalmente que las mujeres no se bañan vestidas, pero con frecuencia, sus trajes de baño suelen ser más austeros y más encubridores que los blancos vestiditos de tela de cebolla, cortos y sutiles, con que van a las fiestas. Esos trajes de baño son menos desnudadores, ciertamente, que los trajes de noche -moda yanqui- cuyas faldas de picos largos casi rozan el suelo y cuyos escotes de triángulo isósceles llegan, en la espalda, a tocar la cintura.
Hace años, el presbítero doctor Franceschi fue solicitado por algunas señoritas marplatenses para dar una conferencia sobre “El traje moderno de las mujeres elegantes”. El ilustrado sacerdote comenzó su disertación diciendo:
_ No espereis, señoras, que hable mal de los trajes modernos. No me gusta hablar mal de los ausentes…
En realidad, el desnudo se advierte más en las fiestas, en los salones, que en las playas balnearias.
Una señora argentina interrogó cierta vez al poeta Trilussa, al día siguiente de un banquete exquisito:
_ ¿Cómo estaba vestida la señora de Equis?
_ No sé -contestó el fabulista- Para verle el vestido hubiera tenido que meterme debajo de la mesa.
Hablando de estas cosas con Rodolfo Wacha, el famoso pintor austríaco de mujeres que está en Mar del Plata, me confiesa:
_ En el baño, el desnudo me resulta inocente. Y cuando el desnudo es inocente, suele ser más moral que el vestido.
Y me muestra a la orilla del mar muchas mujeres jóvenes, magníficas, mitológicas, soberbias, que sin picardía y sin rubor, echadas en la arena o paseando por ella, ostentan bajo las mallas su hermosura de estatuas. No me llaman la atención. Son inocentes…
_ ¿Quiere usted ver -me interroga Wacha- la “Gruta de las Sirenas” Venga usted conmigo…

La “Gruta de las Sirenas”

La “Gruta de las Sirenas” está ubicada cerca de la Playa de los Ingleses. Las toscas negras forman allí escalones o cantiles, donde a menudo, el mar levanta olas enormes. Cuando el mar está bajo, suelen acudir bañistas soñadoras o atléticas que, escondidas, lejos de las miradas de los hombres, toman el sol, sueñan, bailan, dan vueltas carnero, hacen gimnasia sueca, cantan…
_ Ahí tiene usted la “Gruta de las Sirenas”.
Veo una hermosa muchacha que luciendo un piyama de moda mira desde la piedra donde está sentada el vaivén de las olas. Impasible, sonríe al océano. Hasta se diría que conversa con él. Se quita el piyama y aparece vestida con un fantástico, loco, pintoresco trajecito de baño. No se preocupa de que nuestros ojos la miren y la admiren. Sabe que es hermosa. En su actitud noble y griega sólo pone belleza. No cabe, pues, en quien la observa ni siquiera una adarme de segunda intención.
_ ¡Una estatua viviente!
Esta niña, que en Buenos Aires se pondría roja de verguenza al levantar mucho las piernas para subir a un ómnibus, aquí a la orilla de mar, salta, brinca, hace pruebas para adelgazar con una inocencia que la dignifica. El mar, quizás por el contacto que tiene con los niños y por su continuo roce con el cielo, transmite a las almas una gracia purificadora que aleja todo mal pensamiento. No me extraña que Ulises, insensible a la belleza de las sirenas de Caprea, las haya mirado con la indiferencia pasional que las indujo a suicidarse.
_ Puedo asegurarle a usted -me afirma Wacha- que esta misma chiquilla que en traje de baño produce sensaciones puramente estéticas, en traje de paseo nos causaría la impresión inquietante y pecaminosa que la Reina de Saba, vestida de joyas hasta las narices, dejó en Jerusalén.
Así es. El espectáculo artístico que ofrece a los curiosos la “Gruta de las Sirenas” -especie de gimnasio al aire libre- nos retrotrae a los hermosos tiempos primitivos en que la imaginación no había inventado nada más que lo bueno. Tiempos dulces e ingenuos de San Juan Bautista, recién salidos de la mano de Dios…
A pesar de que las sirenas de la maravillosa gruta marplatense lucen trajes de baño muy correctos y no obstante el fin noblemente gimnástico de sus ejercicios, no faltan las personas que protestan. Una señora muy gorda, sin elegancia física, decía con razón:
_ ¡Qué escándalo! Yo tendría verguenza de exhibirme así.
Mirando a la graciosa señora, yo recuerdo a Bartrina, el irónico y triste poeta catalán:
¿Qué delito ha precedido
a la invención del vestido?

Fuente:Cosas de Antes
La Capital

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