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“Historia de Mar del Plata”

17 marzo, 2010




La leyenda del Torreón del Monje

No satisfecho con escribir una leyenda, el chileno Alberto del Solar creo también una historia de como fue hallada la leyenda, que dice así:

La leyenda de la leyenda

Hacia el extremo sud de un promontorio que da imperfecto abrigo a una población marítima (Mar del Plata) -pues no alcanza a defenderla ni de las ráfagas del Atlántico, ni del soplo del pampero- hay un montón informe de riscos habitados, hasta ayer no más, por las gaviotas y sobre los cuales se ostenta hoy, atrayendo las miradas por su caprichosa arquitectura, un magnífico Torreón, con algo de fortaleza medieval y algo de campanario jesuítico. Si ha de darse crédito a las declaraciones de los pescadores que a todas horas frecuentan la playa, parece indudable que sobre las rocas del promontorio donde se alza el torreón, se oyen por la noche ruidos extraños y aparéncense fantasmas. Los ruidos son como de carreras de caballos desbocados. Los fantasmas tres: el de un indio, el de un monje y el de una mujer vestida de blanco.
Ahora bien: el torreón, su caprichosa arquitectura, los fantasmas nocturnos y los ruidos sobrenaturales tienen su razón de ser, puesto que tienen su historia.
He aquí los antecedentes.
Desde que Mar del Plata fue punto geográfico en el mapa de la Provincia de Buenos Aires ese promontorio fue sitio predilecto de excursionistas y de chicuelos. […].
Era lógico que a los emprendedores pioneros que van haciendo de Mar del Plata una futura maravilla se les ocurriera aprovechar ese popular y favorecido paraje para construir en él algo que llamando la atención del visitante lo obligara a detenerse allí un segundo. Pero… ¿y la razón de ser de tal monumento?

Y bien: ¿quién hubiera dicho que aquel anhelado proyecto de construcción conmemorativa habría de surgir y convertirse muy pronto, mediante el auxilio de la casualidad, que tan bien suele arreglar las cosas, en necesidad justificada y casi indispensable? De la noche a la mañana quedó colmado el desesperante vacío: no sólo apareció la tradición, sino que se reveló el héroe indispensable a toda historia en la cual hay amores, hay combates y hay celos…

El hecho se produjo así cuando aún no se había resuelto del todo a que se destinaría el monumento y mientras, para ganar tiempo, se preparaba en la roca abrupta una superficie lisa sobre la cual levantaríase la base. Observaron los trabajadores que cavaban sobre el hueco que el hierro, al golpear el granito, producía un ruido retumbante, extraño. No se había logrado aún eliminar la mitad de la roca necesaria a la nivelación del terreno cuando uno de los italianos que manejaba con mayor brío la pica detuvo su labor. Había dado de pronto, entre los intersticios de dos bloques de piedra, con algo que parecia un cofre. Al día siguiente se encontraba el curioso hallazgo en poder del arquitecto y del grupo pionero interesado en la construcción. Se procedió a abrirlo. El vetusto cofre contenía un plano, un manuscrito y cincuenta monedas antiguas.
Sobre el plano se veía trazado el dibujo de una torre, mitad fortaleza, mitad campanario y luego la firma del autor: Fray Ernesto Tornero, de la Orden religiosa de los Calvos.
El manuscrito, de hasta cien páginas, ostentaba en grandes caracteres el título siguiente: El torreon del Monje. Al título seguía un subtítulo: Historia de la cristiana Mariña, del cacique Rucamará y del lego soldado Alvar Rodríguez, escrita por el cronista Antonio de Santillán, 1695.
Finalmente las monedas eran de oro y llevaban las efigies respectivas de un Carlos y de dos Felipes.
Se explicará el lector la emoción que esto produjo. Por de pronto el problema de la arquitectura de la torre quedaba resuelto: copiar pura y simplemente el curioso plano de Fray Ernesto Tornero, pues en líneas generales realizaba el proposito perseguido.
La leyenda en sí misma.

El Asalto

Aquí, en esta elevada torre -obra de Fray Ernesto Tornero- vivió más de sesenta meses, entregado a la meditación y a la ciencia de los astros, el célebre lego-soldado Alvar Rodríguez, previamente asilado como tal en el convento de los Padres Calvos. Se llamaban Calvos porque acostumbraban, por devoción, raparse la cabeza entera, en lugar de sólo la coronilla. El lego Rodríguez se hizo ermitaño después de haber sido hermano del convento que se encuentra en dirección al Poniente, a orillas del Lago Grande (Laguna de Los Padres). Pero antes que ermitaño y lego fue soldado infante del Destacamento que defendía, contra los indios infieles, la Reducción fundada por los Padres de la Compañía de Jesús en aquel paraje, en 1650. La mencionada Reducción era un pequeño caserío de cuatro calles que convergían hasta el solar donde se alzaron consecutivamente el monasterio y los graneros públicos. Los indios ya reducidos, que residían allí, pasaban de 300 y trabajaban felices, bajo la dirección de los Padres en las cosechas y en las faenas de taller.

La escuela enseñaba a muchos la lectura, la escritura y la religión. Años después, cuando vinieron los padres Padres Calvos y se unieron a los de la Compañia de Jesús, alcanzaron, unos y otros, a convertir más de dos mil indígenas. Poco a poco avanzaron los religiosos hacia Oriente por el Norte y una vez llegados a orillas del mar construyeron esta Fortaleza. Un barco español arribó poco después y desembarcó dos cañones y gran cantidad de pólvora, con lo cual quedó artillada la Torre. Ocupáronla enseguida tres hombres y, alrededor de ella, se fueron instalando centenares de fieles. El resto de la población permaneció a orillas del Lago. Esto tuvo lugar hacia 1670. Por entonces vivía en la Reducción vecina una india joven, inteligente y muy hermosa, cuyos padres habían sido bautizados y educados. Se llamaba María, aunque los indios la nombraban Mariña. Tenía los ojos verdes, las trenzas negras y la piel tostada por el hálito del mar. Sus formas eran esbeltas, moduladas; su estatura elevada, airosa; su busto libre de opresión de ningún género, suelto, mórbido, como el de una Diana de bronce; y en su semblante, un tanto torvo; en su porte, un tanto altivo, se admiraba, sin embargo, aquella gracia perturbadora de la adolescencia en el primoroso instante de su paso a la juventud. Hija de las pampas, su salvaje desnudez, velada apenas por preceptos de los Padres, dejaba adivinar a través de la piel cobriza, la circulación de una savia ardiente y robusta. Sus ojos brillaban con misterioso fuego y el rojo de sus labios carnosos y ligeramente entreabiertos hacía resaltar el purísimo esmalte de unos dientes blancos, afilados como los de una loba… Mariña era conocida por todos como La Flor del Lago. Muchos indios poderosos la habían codiciado, pero ella amaba a Alvar Rodríguez, el apuesto soldado guardían del baluarte vecino y reputado como valiente sobre todos.
Cada vez que podía hacerlo se trasladaba Mariña al caserío de la Fortaleza, donde trabajaba en la enseñanza de los indios durante meses enteros y… veía a su amante.
Y cada vez que quería se trasladaba Alvar Rodríguez a la Reducción del Lago, donde escuchaba los sermones de los Padres y… veía a su amada.

El poderoso cacique Rucamará era enemigo irreconciliable de los españoles e indios reducidos. De tarde en tarde daba sus asaltos, que eran rechazados por los pobladores, pero no sin que se trabáran entre unos y otros en sangrientos combates. El objetivo del temible cacique era la posesión de la fortaleza española, con sus mortíferos instrumentos de guerra y su población cercana. Sobornando a indios infieles preparó un asalto nocturno y repentino contra el codiciado baluarte. El asalto duró pocas horas. Al amanecer el espectáculo era horrible: cadáveres, armas rotas, por todas partes desorden y destrucción. Y en la torre de la fortaleza donde hasta la noche anterior tremolaba el pabellón de los españoles, la silueta arrogante de Rucamará, que desde lo alto de las almenas contempla el mar, las colinas y la pampa.

A los pies del cacique yace inerte el cuerpo de una mujer. Es Mariña, arrebatada sin sentido, aunque con vida, de los brazos de Alvar Rodríguez, quien la había defendido hasta que, cubierto de sangre, extenuado ya, sin poder combatir por más tiempo y seguro de ser ultimado por los bárbaros si no se pone en fuga y huye hacia el interior, sobre el lomo de un caballo. Calcula poder llegar hasta el Lago y volver enseguida con refuerzos que le permitan reconquistar la fortaleza y a su amada. Encuentra a la Reducción rodeada por los indios que respondían a Rucamará. Al día siguiente son vencidos y se retiran hacia el mar, donde Rucamará ha triunfado. Este cacique resiste hasta diez asaltos y Alvar Rodríguez comprende la inutilidad de sus esfuerzos, lamentando no haber dado su vida en defensa de Mariña.

Mariña y su rival

Transcurren así tres años. Alvar Rodríguez concluye por encerrarse en el convento de los Padres, como lego penitente y sin opción a las sagradas órdenes. Entretanto: ¿que es de Mariña? ¡Allá, enfrente de las rocas, dentro de la torre erigida por los castelanos, la bella india, proclamada “predilecta de Rucamará” había debido enjugar muchas lágrimas!
Comprendió que para sus males no había remedio, pero el nombre del Todopoderoso y el de su amante no se borraban de su corazón. Rucamará la vigilaba sin perderla de vista un segundo. Polígamo como todos los de su clase tenía varias mujeres, pero las desdeñaba y colmaba de distinciones a su nueva esposa Mariña. El fuego de la envidia se encendió en el corazón de las rivales y una de ellas, Nalcu, que era la anterior preferida, en una noche en que los truenos estremecían el torreón con el estrépito de sus formidables descargas, que repercutían de roca en roca y parecían repetirse sin cesar, adormeció con narcóticos a Rucamará y Mariña. Mientras tanto se puso en contacto con Alvar Rodríguez para facilitar el asalto a la fortaleza. Pero el cacique Rucamará despertó antes y creyó que Mariña había muerto, pues seguía inerte. Dispuso hacer exorcismo de acuerdo con la práctica de las tribus indígenas y conocer al culpable. Cuando se advirtió que sólo Nalcu faltaba se descubrió su maniobra y se dispuso quemarla en la hoguera.

Instantes después se escuchaba el acento terrible de Rucamará: ¡Preparad la hoguera! y, simultáneamente, el estruendo de una legión de caballos que, a toda rienda, se precipitaban desde lo alto de la colina hacia la fortaleza. Dos minutos después grupos enfurecidos de pobladores guerreros y de indios cristianos, acaudillados por el lego Alvar Rodríguez asaltan la fortaleza. Caen los del Lago Grande por sorpresa y se imponen. Rucamará toma en sus brazoa a Mariña, aún desvanecida y emprende veloz carrera, perseguido con tenacidad por quien quería rescatar a Mariña, amada.
Por la orilla de la playa, a lo largo de la colina, chorreando agua de la lluvia y a carrera tendida van dos caballos… Humeantes, contraídos, gimen sus ijares bajo el látigo de los jinetes, a la vez que los cascos libres de herradura parecen tocar apenas el suelo, resonando sobre la humeda arena, rebotando al punto y salpicando el agua. El cacique lleva la delantera; el otro lo persigue con ansiedad. No se desalienta, antes bien, azota sin cesar a su cabalgadura; el ropaje que lo envuelve, especie de saya hecha jirones, flota al viento como trapo de banderola desgarrada. Si el temor y la ansiedad parecen dar alas al que huye; la pasión y la esperanza le dan mayores al que persigue.

El cronista Santillán describe magistralmente esta escena subyugante y el momento en que el indio, llegando a lo alto del promontorio, salva el borde del abismo y de un salto se arroja desesperadamente al espacio, hundiendose en el mar, llevando en sus brazos a la cristiana cautiva, mientras grita con voz estridente: ¡Malditos!

El lego Alvar Rodríguez recuperó la fortaleza pero perdió a Mariña. Volvió al convento -de donde se había alejado- y vistió nuevamente el hábito, a condición de vivir encerrado como penitente, el resto de sus días en el baluarte de Fray Ernesto Tornero.

Epílogo

Está es la magnífica leyenda del Torreón del Monje, de acuerdo con la narración que nos ha legado el cronista Santillán. Al terminar su lectura resolvieron , los pioneros mencionados al iniciar este comentario, construir la torre ajustada en todo a los planos de Fray Ernesto Tornero, de la Orden de los Calvos, aprovechando, además, los propios cimientos de la antigua fortaleza, descubiertos muy poco después.
Se asegura que durante las noches, muy oscuras, del año aparecen en la cumbre del promontorio los fantasmas de un indio, de un monje y de una hermosa mujer vestida de blanco, al mismo tiempo que se escuchan carreras de caballos desbocados…
Hasta aquí la leyenda.

Texto del libro “Historia de Mar del Plata”
de Roberto Barili. (1991)

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