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Mar del Plata, balcón nacional

6 marzo, 2010

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Mar del Plata, balcón nacional

Sector sur de playa Bristol, también en la década del 10: la malla aún está muy lejos

A fines de la década 1880-1890, la clase dirigente de una Argentina rica imaginó una cereza para rematar sus sueños de grandeza. A la manera de Brighton o Biarritz, sobre la entonces desolada costa oceánica nació Mar del Plata, la Ciudad Feliz, la Perla del Atlántico. Desde los tiempos de su primitiva rambla de madera y el majestuoso Hotel Bristol hasta el presente, la ciudad fue una suerte de balcón, una terraza donde se exhibieron con elocuencia la movilidad y los conflictos sociales de un país dinámico e impredecible.

Recorrer esa historia –no la de la ciudad, sino la del valor simbólico que tuvo y tiene para los argentinos su balneario– ha sido el propósito del editor y periodista cultural Fernando Fagnani (1965). En su flamante libro Mar del Plata. La ciudad más querida, publicado por Sudamericana, Fagnani enumera y analiza con irónica lucidez las piruetas de un país mecido por el oleaje taimado de sus propios sueños.

Según Fagnani, Mar del Plata pudo ser sólo un puerto de aguas profundas, pero la llegada del tren hacia 1887 la puso en inmejorables condiciones para realizar el sueño del balneario a la europea: “Podría haber sido Miramar, que se fundó algo después, o Necochea, que es casi contemporánea a Mar del Plata. Pero la llegada del tren y la construcción del Hotel Bristol un año más tarde decidieron en favor de Mar del Plata. Eso, y cierto entorno: algunas estancias grandes alrededor, con terratenientes ricos que buscaban un lugar cercano para descansar. También fue decisiva la acción de Peralta Ramos y Pedro Luro, que le dieron a la ciudad la infraestructura necesaria para convertirse en el sueño realizado”.

De balneario exclusivo de la clase alta, Mar del Plata se fue convirtiendo en escenario del ocio y la búsqueda de status de la clase media. Dice Fagnani:

“Hasta hace un tiempo, se pensaba que la irrupción del peronismo fue el detonante de la Mar del Plata popular, pero en verdad sólo profundizó un proceso que ya había comenzado en las décadas del 20 y el 30. El peronismo, por supuesto, cambió la ciudad, como cambió el país, pero no produjo un quiebre en ese sentido”.

Fagnani, entre la copiosa y muy bien comentada información que ofrece en su libro, recorre con minuciosidad el despligue creciente y sucesivo de los sectores medios, impulsados primero por el ascenso social de los inmigrantes, la llegada de los socialistas al municipio de la ciudad, la construcción de la ruta 2 y, claro, finalmente, el peronismo.

“De todos modos –se apresura a aclarar Fagnani–, eso no supuso la irrupción en masa de obreros. Llegaron más tarde, en época de Onganía, cuando se promulgó la ley de obras sociales y comenzóla construcción de hoteles sindicales. A mediados de los años 50 eran todavía relativamente pocos los obreros que veraneaban en Mar del Plata. Creo que la paranoia de clase magnificaba el fenómeno: veían un obrero y lo multiplicaban por cien.

“La presencia de amplios sectores medios tuvo su momento de gloria entre 1963 y 1974. En esa década, que coincide con el esplendor económico de la clase media, se produjo un boom en la construcción, al punto que en esos años la ciudad tuvo un crecimiento mayor al de San Pablo, una megalópolis tal vez veinte veces más grande”.

Refugio oligárquico, paraíso de la clase media accesible a los obreros, cuna de un glorioso festival de cine y territorio veraniego de la farándula y sus escándalos, dentro y fuera del escenario. La ciudad fue hospitalaria con casi todos los cambios que experimentó la atribulada Argentina.

¿Qué país se refleja en la historia de Mar del Plata? Fagnani sabe que la respuesta no es simple y la ofrece con debida cautela:

“Creo que, hasta mediados de 1970, la ciudad representa a un país. Conflictivo, dinámico, potencialmente próspero, pero vivo. De ahí en adelante, el mundo cambió tanto que yo creo que la ciudad comienza a sufrir algunos males que, por un lado, son adjudicables a la situación del país, pero, por otro, y en gran medida, no. Por ejemplo, el auge mundial del turismo. La gente empieza a viajar a todos lados no sólo por el dólar barato, sino también porque la oferta turística crece en todo el mundo. Mar del Plata está concebida para un turismo sedentario y hoy la gente veranea de otro modo; más bien, no veranea: viaja.

“Mirando hacia atrás, creo que hasta mediados de los años 70 la ciudad refleja una imagen relativamente feliz, con todos los problemas que puede tener una ciudad. De allí en más, sufre los efectos de un turismo y una economía globales y, además, todos los sobresaltos que padeció el país. Y hoy contiene una paradoja: por un lado es la ciudad balnearia más linda de la Argentina, con testimonios arquitectónicos maravillosos de lo que fue el país y paisajes bellísimos; y por otro lado, ofrece la realidad de un 55% de su población bajo la línea de pobreza. Hoy, en Mar del Plata, coexisten los maravillosos chalets del barrio Los Troncos, los departamentos de la avenida Colón y un anillo urbano muy desolador”.

Texto: Guillermo Saavedra

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